Bueno...vamos con un tema fresquito, que parece que es lo que toca en verano. Ahí va un lapsus cometido por el Diario de Barcelona. Observad la imagen:
Por cierto, esta imagen ha estado colgada durante horas.
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29/IV/2009
Para ir de Ljubljana a Klagenfurt (Celovec, en esloveno) hay que pasar por un túnel de casi dos kilómetros que se encuentra entre los dos obsolétos puestos fronterizos entre Austria y Eslovenia a la altura de Ljubelj (Loiblpass, en alemán), el paso de montaña más cercano y que se eleva a más de 1.300 metros sobre el nivel del mar y que está cerrado al tráfico desde hace más de cuarenta años.
La importancia estratégica de ese tunel es casi nula. Tiene vida gracias a los habitantes de la zona, turistas y gente que, como yo, cree que por que una distancia en el mapa es más corta va a llegar antes, sin ver si va por autopista o por una carretera, como es el caso, serpenteante y empinada. Hoy la gente puede moverse entre estas dos ciudades gracias al túnel de Karawanken.
Lo cierto es que el túnel de Ljubelj fue construído entre 1943 y 1945 por más de 1.500 prisioneros de Mauthausen. Se construyeron dos pequeños campos de concentración. Uno a cada lado del túnel. El del lado de Austria no lo pudimo ubicar. El de la parte eslovena está a 1.6 kilómetros de la entrada del túnel, como vemos gracias a esta maravilla llamada Google maps.
Sobrevivieron unos 900. Nadie los liberó. El campo fue evacuado por los alemanes en mayo del 45. El memorial fue construído por iniciativa de Francia hace muy pocos años, siendo Eslovenia ya independiente. En la placa conmemorativa se hace referencia a prisioneros políticos de diversas nacionalidades. Llaman la atención la ausencia de españoles y las referencias a croatas y eslovenos.
No soy un experto en el holocausto. Tampoco pretendo serlo. Pero la ausencia de españoles en ese lugar resulta sospechosa. La mayoría de los republicanos capturados en Francia acabaron en Mauthausen, y resulta sorprendente que entre todos ellos ninguno acabase en Ljubelj. Más de sesenta años lleva Francia negando su condición de colaboradora. El mismo tiempo llevan ocultando el papel de los españoles en la liberación de su territorio. La ausencia de españoles en Ljubelj (que, en esloveno, hace referencia al amor) me invita a pensar que los impulsores del memorial los cuentan como luchadores franceses. De parte de los alemanes no va a quedar, pues ellos identificaron con macabra precisión a todas los grupos que entraban en sus centros del terror. Incluyendo, por supuesto, a los españoles.
La presencia de croatas y eslovenos, por otro lado, sí deja más clara una intencionalidad política. Esto queda todavía más claro cuando la palabra Yugoslavia no está en esta placa oficial del memorial. Los detenidos políticos croatas y eslovenos eran partizanos yugoslavos. En el campo de Mauthausen, cerca de la ciudad de Linz, al norte de Austria, las banderas de Yugoslavia y de la Repúblcia Española ondean en honor de las personas que fueron deshumanizadas por identificarse con ellas.
Sentado en el sofá, en compañía de la soledad y de una ventana que tengo al frente, contemplo al mundo. Alguien o algo tomó la decisión de hacerme esperar no sé a quién o a qué. Pero eso es algo que tengo asumido. El tiempo ya casi no es problema. Cronos es tan solo para mi un filicida.
En este ahora sólo puedo llegar a conocer que es de noche, y que los vecinos duermen. No es que pueda decir mucho más. Ahí a fuera, al otro lado de lado del cristal de la ventana que me separa de la vida, no hay un paisaje digno de describir. No es otoño, ni las perennes hojas caen acariciadas por la brisa. No forman una danza caprichosa. No pasa nada. Es evidente, esto no es una ñoño best-seller para cincuentonas.
Me masajeo la cabeza. Eso me relaja. No puedo decir que eso me transporte a un mundo sin límites. No puedo decir que me imagine sin las ataduras del mundo terrenal y que comparta mi vida con hadas y ninfas. Tampoco sería sensato decir que al llenar de aire mi pecho, escuche leves acordes de arpa que me susurren al oído lo maravillosamente feliz que soy. No encuentro ninguna moraleja. No imagino nada. Es evidente, esto no es un cuento infantil.
Sigo en mi sofá, acostado, pese a esa incómoda barra que separa los dos cojines y me hace polvo los riñones. Eso no me sugiere que este sofá es para estar sentado y compartirlo con otra persona. No me dice que tenga que estar triste por mi soledad. Todos la necesitamos de vez en cuando. Y ya he dicho antes que a mí me hace compañía. Pienso, pienso y sigo pensando en cosas que no son. Ello tampoco me sugiere que por pensar exista. No pretendo matar a Descartes. Simplemente esto no es filosofía.
Pero hay algo que sí es cierto. Pienso, luego hilvano palabras. Construyo un discurso. Sé que eso es algo que no puedo dejar de hacer. Los cinco sentidos en este momento están de adorno para mí. Aunque tengo que decir que siento cada vez más intensamente ese dichoso dolor de riñones que me provoca la barra del sofá que presiona mi torso. Es igual, tampoco me importa. Lo que me dice todo esto es que, a parte de la soledad, me acompaña el lenguaje. Siento que puedo adjetivarlo todo. Y por fin puedo construir una oración de la que se desprende algo que sí es: soy un hombre aburrido.
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